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La dieta del jamón y del reposo

Mire usted por donde, ahora que quería hacer la dieta Dukan van y dicen que al fulano que se la inventó lo han echado del colectivo de médicos por tramposo. Yo, la verdad, jamás he seguido una dieta. La vida y la edad me han puesto un poco fondón y la naturaleza me ha regalado una panza cervecera que no me la quito ni cien regímenes que lleve. Y estoy convencido de que no haré dieta porque bastante sufrí de chico con el martirio a que fue sometido para que engordara.
En aquellos años eran pocos los niños que tenían sobrepeso. Abundaban más los cuerpos famélicos, las caras ‘enrratadas’ y las patas de alambre. El lustre de los infantes se medía por la cantidad de grasas que acumulaba y si uno no engordaba había que tomar medidas.
-Don Fulano, mándeme algo ‘pa’ que engorde el niño, que está más seco que un fideo.
El médico entonces tenía varias alternativas. Primero estaba el aceite de hígado de bacalao, un asqueroso líquido negro que según decían servía para abrir las ganas de comer y que tragábamos con las narices tapadas para evitar sus terribles efluvios. Si la resistencia del niño a aquel brebaje pestoso era contumaz, estaban las alternativas caseras, que eran las copitas de Quina San Clemente y las combinaciones hechas con yemas de huevo y vino blanco. No sé si tenían efecto, lo que sí sé es que pillábamos unas jumeras de tres pares de narices.
Si a pesar de eso seguíamos igual de descarnados, la culpa la podía tener las anginas. Por eso la mitad de mi generación no tiene amígdalas, porque hubo un tiempo en que el deporte nacional de los cirujanos consistía en extirparlas. Y sin anestesia ni pollas, que dirían en Jaén capital, lugar a donde nos llevaban nuestros padres para que el médico nos dejara sin las citadas excrecencias. Luego estaba aquella frase que el médico decía a las madres de niños irremediablemente flacuchos:
-Reposo señora, su hijo lo que necesita es mucho reposo.
El reposo consistía en que había que permanecer casi dos horas tendido en una cama sin poder moverte ni dormirte. Y allí estabas tendido y rígido como un muerto sin que se te ocurriera moverte.

Por otra parte, ahora está mal visto sanitariamente el jamón y los productos de cerdo porque acarrean el colesterol, pero hubo un tiempo en que era algo que también recetaban los médicos.
-Déme usted cuatro lonchas de jamón del bueno, que es para un enfermo -advertías al tendero.
Antes, todo el afán de mi madre era que me pusiera gordo para evitar perderme en una ventolera. Ahora que por fin lo he conseguido, no quiero apuntarme a dieta alguna, si acaso la que imponga esta terrible crisis. Por cierto, el otro día entré en una taberna y a quien vi fue a mi médico, el mismo que me ha recomendado que no ingiera grasas y que haga mucho ejercicio.
-Añoro a aquellos médicos que te mandaban reposo y te recomendaban que comieras jamón -le dije en plan sorna.
-¡Toma! Y yo también -me contestó él mucho más serio.

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