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El humo de la infancia

Durante estos días los telediarios no han parado de dar imágenes del incendio del vertedero de neumáticos de Seseña y Valdemoro. Los reporteros más dicharacheros han salido a la escena y han entrevistado a cientos de madres que no quieren que sus hijos vayan al colegio hasta que esté limpio el aire que se respira. Según la Agencia de Protección Ambiental de EEUU (EPA, por sus siglas en inglés), la combustión del material del que están fabricados los neumáticos emite 34 sustancias peligrosas para la salud: partículas, aromáticos policíclicos, dioxinas, metales pesados, furanos… “Es una bomba química, que reviste aún mayor gravedad porque son acumulativos en el organismo del ser humano”, han dicho textualmente los expertos

Y entonces yo no he tenido más remedio que acordarme de cuando en muchas alfarerías y tejares de nuestro pueblo, en los años sesenta y setenta, se utilizaban los neumáticos de los coches y camiones para alimentar el fuego de los hornos. Por las chimeneas salían grandes humaredas que ennegrecían las casas, las vestimentas y nuestras vidas. En cualquier jornada de abril a septiembre se podían ver por el ambiente de las calles enormes masas de humo que procedían de las fábricas que manipulaban el barro y que utilizaban orujo y neumáticos viejos para sus hornos. Era un humo feo, denso y sucio que se expandía por todas las calle hasta dejarlas en la más completa de las oscuridades. Y como se interponían entre el astro rey y nosotros, los llamábamos ‘eclipses’.

Pero todo se quedaba en lamentos aislados. Nadie protestaba, al menos oficialmente, por aquel humo negro que provocaba sinfonías de toses y el respirar a trompicones de los asmáticos. La gente estaba más preocupada por tener un puesto de trabajo que por su propia salud.

Los lamentos más frecuentes por los ‘eclipses’ se recogían entre las amas de casa. El humo les obligaba a encalar todos los años las fachadas y a quitar con urgencia la ropa tendida en los patios cuando avanzaba una de esas nubes negras que nos tenían a todos permanentemente vestidos de luto. El humo era esa fastidiosa visita que no se deseaba pero que no había más remedio que aguantar. Tan frecuente era esa visita que a Bailén se la conocía por La Costa del Humo. Cuando los niños ricos presumían de irse  de veraneo a la Costa del Sol o a la Costa Brava, los que nunca salíamos del pueblo en verano podíamos presumir de veranear en la Costa del Humo.

Por eso ahora cuando veo a una madre de Seseña o Valdemoro decir que su hijo no irá al colegio hasta que el aire esté limpio, no tengo más remedio que reírme. Pero me río por no llorar.

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