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24. Un pisotón en El Portajo.

   A todas luces, se hace de imperiosa necesidad, por su ambigüedad y poca concreción, la exégesis del título de mi presente trabajo. Trataré de explicar con la mayor brevedad que me sea posible esta anécdota de bailenensismo de pura cepa que me contó recientemente mi madre, Dolores Lucena Fernández.

   Corría el año 1965 cuando un grupo de unos veinte albañiles (hermosa palabra y profesión para referirse a lo que hoy muchos llaman eufemísticamente “empleados de la construcción”), naturales de Bailén, en diferentes oleadas o reemplazos, con unos cinco o seis meses de duración por término general, se desplazó a la capital de España entre los años 1964 y 1965. No lo hicieron todos a la vez, pues, ni en los mismos periodos, pues algunos hubo que regresaron a Bailén en mayo y otros en Navidad.

   Entre ellos iban dos que son parte esencial de mi vida, tanto, que a ellos les debo la mía: mi abuelo Paco Antonio Lucena Merlo (oficial de primera) y mi padre, Nicolás Linares Soriano (peón albañil). Completaban la nómina de embajadores-obreros de Bailén: Ramón Fernández Cañizares (encargado de obra, tío abuelo mío), Esteban Perea Cózar (oficial de primera), Tomás Aguilar Moga (oficial de primera), José Perea Sanz (oficial de primera), Sebastián Perea López (oficial de primera), Antonio Martínez Moreno (Antoñillo, oficial de primera), Antonio Pérez (peón), Antolín Álvarez (peón), Juan Moreno Camacho (peón), Blas Arboledas (peón), Pedro Cuadrado (peón), José Lendínez  (peón), Pedro Aguilar González (peón), los hermanos José y Antonio Palomo Gea (peones y soladores), Juan Sánchez (el Zapa, apodo por ser zapatero), Francisco Fernández Rodríguez (que luego se convirtió en conserje, ataviado con mangas verdes, del propio hotel hasta su jubilación) y José Molina (oficial de primera).

   Son mis padres quienes han rebuscado de entre sus recuerdos el nombre de todos ellos, aunque he recurrido también a José Perea Sanz, conocedor in situ de mi relato y de sus protagonistas, gracias al cual he podido recabar y contrastar la información que me faltaba. Desde aquí doy las gracias a los tres, a mis padres y a mi amigo José, por documentar el ayer con la memoria vivida. Entre los cocineros, alguno también era de Bailén, así como los recepcionistas Mariano Delgado y su esposa Mariana. Si alguno se nos ha escapado, pido públicas y previas disculpas, pues nuestro empeño ha sido incluir a todos.

   Ramón Fernández Cañizares (1915-1984), más conocido por Ramón Moñino, tío abuelo materno mío, era el encargado de aquella empresa perteneciente a Los Martínez, acaudalados bailenenses de origen cántabro que dieron mucho de comer a familias baeculenses a través de contratos y encargos agrícolas y de construcción, principalmente, así como con la gestión en posesión de fábricas de aceite. Bien podrían haber contratado a operarios madrileños para su cometido y así ahorrar costos al pernoctar en sus propias casas, pero decidieron llevarse a dieciséis bailenenses cualificados, además de recepcionistas y cocineros, y dar de comer a los “suyos” y a sus familias.

   En la ciudad de Madrid tenían encomendada la rehabilitación, reforma y remodelación de una parte del edificio “Residencia Embajada”, en la madrileña calle Joaquín García Morato. La expedición bailenense tenía habilitada una planta en dicho hotel tanto para su descanso nocturno como para su manutención diarios, manutención que, eso sí, sufragaban individualmente. Dicho hotel era propiedad de la familia Martínez, y así lo ha sido hasta hace bien pocos años. En aquel entonces, las herederas y propietarias eran María del Socorro y su prima hermana María Amparo Martínez Sollet (que dio nombre a la famosa Huerta de Mª Amparo al inicio de la carretera de Jaén), sobrinas del mismísimo José María Martínez y Ramón, bailenense de pro y donante de ricas obras como el Cristo de la Expiración, la túnica de Jesús Nazareno, etc., además de gran poeta y autor de la letra de nuestro himno. Don Horacio Fernández Agudo, marido de María Amparo, era quien en verdad regía los designios de la empresa y quien legó en mi tío abuelo Ramón la competencia de elección de personal para partir rumbo a Madrid. (Datos genealógicos extraídos de la siguiente esquela mortuoria, ABC, 10/10/1946, pág. 35):

Esquela de Juan Antonio, hermano de José Mª Martínez y Ramón.

Esquela de Juan Antonio, hermano de José Mª Martínez y Ramón.

   Buscando en diferentes hemerotecas he localizado que en 1957 dicha Residencia Embajada tenía el número 5 en el total de dicha vía y que su teléfono era el 374205 (ABC, 15/3/1957: http://hemeroteca.sevilla.abc.es/cgi-bin/pagina.pdf?fn=exec;command=stamp;path=H:%5Ccran%5Cdata%5Cprensa_pages%5CSevilla%5CABC%20SEVILLA%5C1957%5C195703%5C19570315%5C57M15-017.xml;id=0002760269). Estaba próxima a la zona actual cerca del Paseo de la Castellana y de la Plaza de Colón, y a solo 2 kms del Bernabéu (inaugurado en 1947), cerca, pues, del paraíso, ya que madridista también era mi abuelo.

   He podido averiguar que el 25/1/1980 volvió a tomar dicha calle García Morato su antiguo nombre de Santa Engracia, que es el que hoy sigue teniendo (http://lahistoriaenlamemoria.blogspot.com.es/p/callejero-franquista.html). Por este motivo sí me ha sido podido localizar aquel hotel en el que trabajaron y vivieron, durante cinco meses, los bailenenses a los que dedico este artículo. Sirva este bosquejo previo como recordatorio en imágenes y datos para aquellos bailenenses que llevaron su buen hacer a la capital del reino de España.

   En su mismo número 5 aún podemos visitar el NH Alonso Martínez, que previamente se llamó también NH Embajada, y antes aún, Residencia Embajada. El edificio fue construido en 1909. Dicha residencia, según los datos que me facilita José Perea Sanz, estaba a solo cien metros de la Plaza Alonso Martínez, y a trescientos metros de la Calle Almansa donde en 1964 o 1965 se vendió el Gordo de Navidad, aunque a ninguno de los miembros de la expedición obrera bailenense le tocó ni un pellizco.

Actual NH Alonso Martínez, Calle Santa Engracia de Madrid.

Actual NH Alonso Martínez, Calle Santa Engracia de Madrid.

   Paso a relatar la anécdota:

Paco Antonio Lucena Merlo (1908-1992), artífice de la anécdota.

Paco Antonio Lucena Merlo (1908-1992), artífice de la anécdota.

   Pasados casi tres meses desde su marcha, por fechas próximas a la Semana Santa de 1965, mi madre, Dolores Lucena Fernández, ya con dos hijas, viajó a la Villa y Corte para pasar unos días, que luego fueron dos meses, en compañía de su esposo y padre. Con este último, tuvo lugar el hecho que es motivo del presente escrito.

Gran Vía madrileña.

Gran Vía madrileña.

   Dolores, quedando maravillada por la belleza de Madrid en su Gran Vía y señalando una de sus edificaciones grandiosas, dijo a Paco Antonio:

Papa, mira qué edifisio máh presioso.

   Mi abuelo, echando sin duda de menos sus habituales caminatas por las calles de su Muy Noble y Leal Ciudad bailenense, acordándose de sus callejas, arterias con raigambre y carácter popular de aquel siempre presente y amado lugar andaluz donde nació, le respondió con el continuo gracejo del que hacía gala:

Un pisotón en El Portajo vale máh que to Madrih.

El Portajo bailenense (Portazgo), que unía y une Bailén con Madrid por el Camino Real.

El Portajo bailenense (Portazgo), que unía y une Bailén con Madrid por el Camino Real.

   Sé que mi abuelo no despreció en ningún modo a Madrid con esta frase sentenciosa, pero ensalzó con ella a aquellos campos de olivo, viñedo y barro donde nada más nacer empezó a conocer a un tal Nazareno, de túnica morada, y a una tal Zocueca, de manto rojo para una reina, Rey y Reina de su Villa y Corte bailenense.

 

Francisco Antonio Linares Lucena.

A 900 metros de El Portajo, 6 de octubre de 2015.

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